Papá y mamá lo compartieron todo en la vida, menos su forma de abandonarla. En veintiún días papá enfermó y murió; mamá, sin embargo, ha muerto por consumación de la vida. La muerte de papá me produjo un dolor acerado, intenso, lleno de interrogantes sin respuesta; la muerte de mamá la asumo con resignación y el dolor que me aflige es sereno y condescendiente. Sobre la muerte de papá no pude escribir hasta que pasaron varias semanas, quizás algún mes. Fueron unas líneas en mi diario que recogían la mudanza que empezaba a obrarse en mis sentimientos, cuando el dolor de su pérdida empezaba a dar paso al desconcierto que me producía el ir tomando conciencia de su ausencia perpetua. Sobre la muerte de mamá me salen estas palabras ahora, a pesar de que sólo hace unas horas que, junto a papá, la hemos dejado definitivamente en manos de la eternidad y me siento desolado.
En tiempo y forma, la muerte de mamá ha sido muy diferente a la de papá, pero el tributo que ahora puedo ofrecer a la memoria de mamá es exactamente el mismo que en su día ofrecí a papá, a través de la misma frase de Séneca que entonces le dediqué a él: "Breve es el recuerdo que le prometes si ha de durar lo que tu dolor".
Si, como hay quien dice, la existencia continúa después de la vida, el pasado viernes mamá recuperó dos cosas: la memoria y a papá. Quizás esta no sea del todo mi creencia pero sí mi consuelo.






























































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